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JAVIER PÉREZ, siempre tan inquietante.

Desde las danzas de la muerte que se pintaban en la Baja Edad Media bajo el horror de las epidemias de peste a las vanitas barrocas que nos hablaban de la fugacidad de la vida y lo efímero de los placeres, como las famosas del Hospital de la Caridad de Valdés Leal, la muerte ha sido un tema recurrente en la Historia del Arte.

A finales del siglo XX, en la llamada posmodernidad, se ha desarrollado todo un tipo de arte llamado abyecto, que habla del dolor, la enfermedad y la muerte. Su aparición generó una gran polémica (Serrano y sus fotos de la Morgue, los hermanos Chapmman y sus esculturas hiperrrealistas de los desastres de la guerra de Goya…). Se decía de ellos que buscaban la morbosidad de la muerte como una forma de autopropaganda. Aunque esto no es del todo incierto, también es verdad es que la muerte, el dolor o la enfermedad son los nuevos tabúes de nuestra sociedad de consumo que vive el minuto y evita pensar en este lado terrible de la vida. En este sentido el arte abyecto tendría el sentido de recordarnos nuestros olvidos, eliminar el mundo dorado del consumo para decirnos que sólo somos mortales; ésa es la única certeza.

Dentro de esta corriente (que algunos quieren ver iniciada por Dalí y su gusto por la putrefacción), un artista vasco desarrolla gran parte de su arte. Su obra habla de lo oculto, pero con tal sensibilidad que más que morboso es, ante todo, inquietante. Desde una pareja de esqueletos bailando una suite de Bach (en lo terrible y lo cómico), hay también pianos con sus teclas llenas de cuchillas de afeitar que nos cortarían los dedos mientras nos dejáramos llevar por el placer de la música. También una misteriosa instalación de campanas amarradas a un tronco muerto, con badajos que son manos, sonando fúnebremente en el espacio del fondo, o la seriación de cabezas en las que se dibuja un rostro para luego borrarse, como la vida misma.

Sin embargo yo me quedo con sus fotos terribles en la que una sola gota de sangre nos recuerda lo inquietantemente frágiles que somos. Su belleza suave y rotunda nos deja sin poder retirarnos de su mensaje.

 

En fin, toda la exposición da la sensación de haber entrado en un lugar sagrado, de sonidos profundos y sensaciones lentas que, sin hablar de Dios, nos hablan del hombre, de sus miedos más antiguos que a la vez que nos repugnan, nos atraen sin poder remediarlo.

 

Está en la galería Salvador Díaz, en la plaza del Reina Sofía (donde los ascensores de cristal). Si queréis algo menos profundo, en el patio trasero del Reina (en la Ampliación pero sin necesidad de pagar entrada) están las “bestias de la playa” de Cansen, unos  gigantescos móviles que habréis visto en algún anuncio de coches

 

 

 

Vicente Camarasa

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