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Desde los 80 a hoy. Postmodernidad

ARTE PARA CONSERVAR LA MEMORIA. CUATRO INTERVENCIONES URBANAS EN BERLIN

Para quitarme el mal sabor de boca del post anterior  y, también, para hacer justicia al pueblo alemán, me gustaría comentaros brevemente cuatro intervenciones urbanas que me pusieron la piel de gallina en mi reciente viaje a Berlín. Las cuatro tienen en común un tratamiento de la memoria histórica de forma totalmente ética, a veces incluso algo desagradable, pero al menos verdadera.

El primero se llama Monumento al Holocausto, sobre los terrenos que pertenecieron a instituciones nazis. En él se recuerda a los millares de judios asesinados por los nazis en sus famosos campos de concentración de una forma poética, moderna pero verdaderamente emotiva.

 

Como podéis ver en la foto se trata de un gran cuadrado lleno de estelas de hormigón que, ordenadas en retícula, simbolizan un gran cementerio.

Al principio la imagen puede parecer algo fría, demasiado geométrica. Pero, como ocurre cada vez más en el arte contemporáneo, es que necesitan de la participación activa del espectador para funcionar correctamente.

Por tanto, no hay que observar tan solo e introducirse entre ellas en lo que al principio parece un simple juego de laberintos que, poco a poco, se convierte en otra cosa. Según nos adentramos en el recinto las estelas de hormigón van creciendo, restringiendo nuestra mirada a estrechos callejones que terminan en un fondo de árboles y edificios.

 

El silencio del recinto, la falta de detalles que contemplar, la sinuosidad del suelo van haciendo mella en uno hasta sentirse verdaderamente agobiado por un difuso (pero totalmente real) sentimiento de opresión.

 

Parecería que miles de voces gritaran; se siente el peso inmenso de una tragedia en aquel cementerio falso que. Sin embargo, oprime el corazón y hace recordar imágenes vistas sobre el holocausto. Pues en él no hay nada; sólo la memoria propia que se va disparando ante el espacio claustrofóbico, repetitivo como un tambor tocándote dentro del pecho.

 

 

 

La segunda de las intervenciones es muy simple, pero de una intensidad muy fuerte. En medio de la enorme plaza de Bebeplatz, frente a la antigua universidad, hay un pequeño lugar en el que se ha realizado una habitación subterránea que se puede observar pues se encuentra cubierta por un cristal. En ella sólo vemos el reflejo de las nubes y, bajo él, una habitación cuadrada llena de estanterías totalmente vacías.

 

Todo esto cobra sentido cuando se lee una placa cercana. Aquel fue el lugar en donde los nazis hicieron su primera quema de libros prohibidos (desde los escritos por judíos a las obras de Marx), dejando bien a las claras que opinión tenían sobre la cultura y la libertad pese a haber sido elegidos democráticamente.

 

La Universidad Humbolt al fondo

El tercero de ellos se encuentra en el antiguo gueto judío. Se le suele llamar la casa perdida, un solar entre dos bloques de casas en donde, en tiempos de los nazis, hubo un caserón habitados por judíos de los que ahora sólo queda su memoria en forma de carteles clavados en las paredes vecinas en donde aparece su nombre y el nombre siniestro del campo de concentración en el que murieron.

 

 

Me pareció verdaderamente impactante recordar a través de lo que no hay, de estas placas que también se continúan por el resto de la acera que vas caminando

 

 

Un verdadero homenaje a las personas que murieron por una de las tantas atrocidades de la historia.

 

La última de las intervenciones se encuentra junto a la puerta de Brandenmburgo, el lugar histórico que vio los desfiles triunfales de Hitler y luego la erección del Muro de Berlín.

 

 

 En este lugar cargado de historia y temores pero también esperanzas (la reciente unificación alemana tras el fin de la Guerra Fría) existe una pequeña puerta que pone sobre su dintel: Espacio de Silencio.

 

 

Si atraviesas este umbral pasas de repente a un ámbito pequeño que parece contradecir toda la megalomanía del exterior. En él hay un pequeño pasillo en codo que llega a una habitación pequeña, suavemente iluminada, con unas sillas, una gran piedra en uno de sus rincones y un tapiz de formas geométricas iluminado como si fuera un altar. Pues todo te habla de un espacio religioso pero sin religión. Un lugar de recogimiento, vacío de experiencias para que uno pueda volverse hacia su interior y asumir toda la historia que ha estado viendo en monumentos y carteles.

 

Algo verdaderamente oriental. Un oasis de recogimiento y silencio en donde es el hombre y no los grandes escenarios urbanos el que puede encontrar a si mismo y poder repensar sin el bombardeo visual que es la ciudad.

Si estáis el suficiente tiempo en esta habitación, saldréis como si hubiérais dormido mucho, con los sentimientos más calmados, quizás habiendo aprendiendo algo verdaderamente importante.

 

Ante todo esto y como reflexión final: ¿para cuándo obras que vengan a hablar de nuestra guerra civil, sin partidos, sin ideología, sólo desde el punto de vista de las víctimas?. Hace años que oí que el famoso monumento de los Caídos (en donde ahora está enterrado Franco y José Antonio) iba a ser convertido en Museo de la Guerra Civil. No nos vendría nada mal, pues dejaríamos de arrojarnos la guerra como forma de hacer política y empezaríamos a entenderla como una verdadera tragedia que nunca habría que repetir

 

Vicente Camarasa

 

JAVIER PÉREZ, siempre tan inquietante.

Desde las danzas de la muerte que se pintaban en la Baja Edad Media bajo el horror de las epidemias de peste a las vanitas barrocas que nos hablaban de la fugacidad de la vida y lo efímero de los placeres, como las famosas del Hospital de la Caridad de Valdés Leal, la muerte ha sido un tema recurrente en la Historia del Arte.

A finales del siglo XX, en la llamada posmodernidad, se ha desarrollado todo un tipo de arte llamado abyecto, que habla del dolor, la enfermedad y la muerte. Su aparición generó una gran polémica (Serrano y sus fotos de la Morgue, los hermanos Chapmman y sus esculturas hiperrrealistas de los desastres de la guerra de Goya…). Se decía de ellos que buscaban la morbosidad de la muerte como una forma de autopropaganda. Aunque esto no es del todo incierto, también es verdad es que la muerte, el dolor o la enfermedad son los nuevos tabúes de nuestra sociedad de consumo que vive el minuto y evita pensar en este lado terrible de la vida. En este sentido el arte abyecto tendría el sentido de recordarnos nuestros olvidos, eliminar el mundo dorado del consumo para decirnos que sólo somos mortales; ésa es la única certeza.

Dentro de esta corriente (que algunos quieren ver iniciada por Dalí y su gusto por la putrefacción), un artista vasco desarrolla gran parte de su arte. Su obra habla de lo oculto, pero con tal sensibilidad que más que morboso es, ante todo, inquietante. Desde una pareja de esqueletos bailando una suite de Bach (en lo terrible y lo cómico), hay también pianos con sus teclas llenas de cuchillas de afeitar que nos cortarían los dedos mientras nos dejáramos llevar por el placer de la música. También una misteriosa instalación de campanas amarradas a un tronco muerto, con badajos que son manos, sonando fúnebremente en el espacio del fondo, o la seriación de cabezas en las que se dibuja un rostro para luego borrarse, como la vida misma.

Sin embargo yo me quedo con sus fotos terribles en la que una sola gota de sangre nos recuerda lo inquietantemente frágiles que somos. Su belleza suave y rotunda nos deja sin poder retirarnos de su mensaje.

 

En fin, toda la exposición da la sensación de haber entrado en un lugar sagrado, de sonidos profundos y sensaciones lentas que, sin hablar de Dios, nos hablan del hombre, de sus miedos más antiguos que a la vez que nos repugnan, nos atraen sin poder remediarlo.

 

Está en la galería Salvador Díaz, en la plaza del Reina Sofía (donde los ascensores de cristal). Si queréis algo menos profundo, en el patio trasero del Reina (en la Ampliación pero sin necesidad de pagar entrada) están las “bestias de la playa” de Cansen, unos  gigantescos móviles que habréis visto en algún anuncio de coches

 

 

 

Vicente Camarasa