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sdelbiombo. Una mirada artística al mundo

CUANDO EL BARROCO REGRESA (SEGUNDA PARTE)

La noche del jueves ha caído y, aún sin luna, el aire ha comenzado a enfriarse hasta quedar en el punto exacto de una primavera perfecta. Al viajero que ya tanto ha conocido le aconsejaron un buen jersey, pues la noche es larga y puede ser traidora pero aún no hace frío mientras entra en Sevilla por el puente de Triana.

Frente a él se abre la imagen reflejada de la ciudad en un Guadalquivir tranquilo y, como un faro, la torre del oro anuncia los destinos de la noche. La Noche de Sevilla, aquella en la que la ciudad dará lo mejor de sí misma y se volcará a la calle. Entre la gente que se va encontrando se advierte un leve desasosiego, el que precede a los grandes momentos.

Su cámara digital lleva pilas nuevas y la memoria descargada pero no le hará falta, pues el corazón le servirá para todo. Él aún no lo sabe. Ha escuchado cosas, ha preguntado lugares y horarios para no perderse nada, pero cada uno le ha contado una cosa distinta, pues Sevilla tiene mil caras y cada una tiene que encontrar la suya en esa noche. Planificar los recorridos para luego romperlos por un gentío no previsto, por un encuentro inesperado.

Mientras piensa en todo esto el viajero toma algo en una taberna, pues ha comenzado a entender que una manzanilla y una buena tapa no contraviene ninguna de las cientos de leyes secretas que tiene el Sur, nunca escritas pero siempre presentes. Luego se dirige hacia la Magdalena y entre la gente busca un sitio, un rincón en medio de aquella luz amarillenta que enfoca la entrada del templo del que saldrá uno de los pasos mayores de la Semana: la Quinta Angustia con un Cristo a punto de ser descolgado que se balancea con un ruido quebradizo de madera vieja. Sólo eso en medio de un silencio que sólo se sabe hacer en Sevilla.

Pero la noche aún sólo está empezando y el primer escalofrío de ese Cristo muerto y pesado bajo los paños que lo sujetan. Nada apenas mientras pasa el tiempo y en la medianoche la plaza de San Salvador llega Pasión, la escultura que talló Martínez Montañés como si fuera su propio Moisés. Madera hecha sangre y músculos como nadie supo hacer, que lleva su cruz en la plaza oscura, el aliento pesado de la expectación y las pisadas de los costaleros resonando sobre la rampa de madera que le lleva hasta la puerta de la iglesia. Su cara se esconde y se desvela tras los naranjos florecidos y, como si fuera un milagro premeditado, por detrás de las casas, colocándose como una corona de luz sobre su cabeza tallada, aparece la luna triunfante, la más brillante de primavera, que hace sombras en los árboles y alarga el resto oscuro de su cruz más allá de lo posible. Pero sólo será eso, un pequeño milagro de los tantos que verá el viajero. Cómo no aplaudir cuando entra al fin en su templo. Aplaudir al esfuerzo de los costaleros y a sí mismo.

 

            A partir de entonces el tiempo se acelera, y las horas comenzarán a perderse entre esperas y minutos de emociones sin tregua. El reloj quedará escondido en la muñeca y sólo habrá un ansia de verlo todo, de empaparse como una esponja de minutos de Gloria que quedan grabados sin olvido posible. El de la Giralda iluminada y con una luna colgada en su costado mientras pasa El Silencio, la alegría de los Gitanos, la larguísima fila de nazarenos de negro riguroso que allanan el suelo con su cera para que el Señor de Sevilla llegue hasta la misma muralla árabe.

Venga, le dijo alguien, póngase aquí para verlo. Muy lejos, donde casi comienza la curva. Y primero será una avalancha de flases contra la pared de la catedral y luego, andando con el paso de aquel que está a punto de caerse, ver avanzar al Gran Poder como si andara sobre las cabezas. Levitando sobre ellas, en un suelo propio de aire.

El viajero ya no encuentra palabras ante todo lo que ocurre. El silencio que duele en las sienes, sin música, y sólo, cuando ya está muy cerca, el rasguear de las zapatillas de los costaleros sobre la piedra y aquella inmensa figura que no puede con su cruz, su cara perdida, ausente, como si ya no viera y sólo siguiera andando en una chicotá inmensa.

De verdad que anda, se dice el viajero. El milagro consumado de un barroco que aún engaña a aquellos que ya han visto Matrix y viven en Internet. Una figura de madera reconvertida y una angustia muy honda en el pecho, limpia como un paño blanco que se agranda mientras Él se acerca y pasa a su lado. El Señor de Sevilla que una vez al año toma posesión de sus calles para recordar el poder de su presencia.

 

Quisiera el viajero que el tiempo se congelara pero no es posible; no se podría aguantar todo su peso más que unos pocos segundos que se siguen recreando en la memoria mientras toma algo para reponerse y se pierde en el laberinto de calles hasta buscar una esquina en la calle Cuna.

Para entonces ya llevan mucho tiempo pasando los nazarenos de la Macarena, y entre ellos, entremezclados, costaleros que salieron de su turno que se colocan a su lado, esperando a la Virgen.. Ella es la más guapa, la más elegante de una ciudad cuyo pecado capital es la vanidad. Pero Ella supera todo y cuando se acerca el viajero, que ya comprende tanto, le parece imposible que un palio pueda llevarse con esa belleza de algodones dorados. Las bambalinas se mueven como si estuvieran medidas, ni un centímetro más, y toda la candelería de cirios ilumina su cara de niña, sacan luces de su largo manto de un verde puro y terciopelo.

Llega. Con su luz propia y una marcha triunfal tras de ella, girando una curva inacabable que sostiene en vilo las miradas, las imanta con sus ojos tristes, sus manos finas y delicadas. Cómo puede ser entonces la vida tan maravillosa. Cómo pueden existir angustias si en una calle estrecha la belleza de una simple mascarilla que tal vez hiciera una mujer, la famosa Roldada, rompe el aire y un grito salido desde las mismas entrañas llena el espacio en donde ya no cabe nadie

¡¡¡Macarena!!!!

Pues no hay ningún contrasentido; todo encaja. Tal vez unos días antes el viajero se hubiera tomado aquello como una broma, algo fuera de lugar. Y en vez de eso, él también devuelve el grito, junto a todo el gentío.

¡¡¡¡Guapa, guapa y guapa!!!

 

Ya por entonces, traicionera, la noche se acaba y el cielo se va volviendo claro por el este. Es necesario darse prisa. Buscar entre el gentío un hueco y andar con paso largo para cruzar la carrera oficial. Pero la calle está repleta y el viajero tiene que parar, pues delante suyo pasa Las Tres Caídas. Es un encuentro no previsto que al principio le enoja pero muy pronto sabrá que el destino le tenía preparado aquel estorbo para que viera como un paso de casi una tonelada se mueve como las plumas que adornan a los romanos. Increíblemente, el largísimo trono pasa delante suyo balanceándose en su mar imaginario. Pasa, pasa y pasa, muy despacio, sin avanzar apenas, siguiendo el toque de una corneta huérfana que le guía entre la multitud. Una simple corneta que mueve miles de kilos al fluir de sus notas rotas que de pronto se paran, un pequeño suspiro y el trono comienza a moverse acunado hacia delante y atrás. Avanza unos pasos para luego volver hacia atrás, como si fuera una máquina guiada a distancia. Avanza y dos pasos atrás, balancearse y parecer que vuelve a arrancar mientras la multitud aplaude el arte que puede ser un simple movimiento. Arte en estado puro, flamenco con los pies y el sabor agrio de la corneta que dirige el mundo entero y no le deja pasar más allá de su mirada.

Atrás, hacia delante pero no, todavía no, un poco más, por favor. El viajero quiere seguir sintiendo en su pecho ese movimiento que le rige la respiración. La dulce cuna que se mueve con mano de madre. Pues sólo es una tonelada lo que se mece. Mil kilos parados en el viento del amanecer. Y así una y otra vez, amenazando un arranque definitivo para luego volverse atrás, caer a un lado, moverse sobre los pies y al final, con un paso tan largo que parece imposible que quepa dentro del paso, salir triunfante ante el delirio de los que han visto algo que aunque se repita, nunca volverá a sucederse igual, y años después aún se recordará en los bares. Pues yo estuve allí, viéndolo todo con el corazón perdido por un simple movimiento ¿Cómo explicárselo a aquello que nunca lo vieron? ¿Cómo decirles que el paso era yo y no recuerdo el suelo que tocaban mis pies?

 

Y ahora correr. Salir con el corazón aún amasado por la sensación para llegar hasta el Baratillo, junto a la plaza de la Maestranza. Allí está todo lleno. Cientos de personas llevan horas esperando, pero sus esfuerzos de toda la Semana se ven recompensados y un simple hueco, junto a la puerta de la capilla, está esperándole.

Allí ya amanecerá por completo, y volverá a ver a las Tres Caídas jugando con la gravedad como si fuera un juego liviano. Su corazón volverá a llenarse de espuma ante una levantada a pulso que hace elevarse las figuras como si no lo hicieran.

Luego volverá a pasar el tiempo, cientos de penitentes, conversaciones con unos y con otros que ofrecen un trago de agua, un caramelo, la memoria de otros años, cuando estuvieron allí y la contemplaron.

Así pasa la hora larga, o quizás más o menos, qué más da. Ya se escucha la banda. Mira, allí. La Esperanza de Triana entra en la plaza alargada a los sones de Esperanza coronada, con un andar que sólo es suyo, que no debe nada a nadie. Así avanza y el viajero intenta comparar pero no puede. No sabe por qué, pero su estómago se ha encogido, pues las emociones son traidoras y nada respetan. Pues acaso no será la más bella, la más elegante pero sus varales se mueven con la alegría más perfecta que cabe. Y no marchan al ritmo de la música, son ellos mismos los que la producen, y la banda simplemente le sigue.

Ella se para junto a la Capilla. Murmullos. El viajero puede ver su palio totalmente dorado por el sol naciente. Oro y sombras que se proyectan sobre su rostro mientras el capataz da el tercer golpe de martillo y la levantá hace saltar una cascada de pétalos de rosa que se acumulan sobre el palio. Llueven flores y comienza la música. Caridad del Baratillo. El palio de la Virgen comienza entonces a girarse en sentido a la capilla y allí, entre cientos de personas, de pronto, imposible pero cierto, el viajero comprende todo y ve a la señora de Triana cómo se gira, acaso sonríe y le mira solo a él con la mirada más tierna que se pueda entender.

Incomprensible pero cierto. Sólo un instante pero cuánto tiempo. La emoción le sube por el pecho, se le engancha en la garganta y, cuando todo sucede, una primera lágrima, un llanto que limpia las cosas por dentro se desborda desde sus ojos sin poder evitarlo, con la piel de gallina y recorrido todo su cuerpo por una energía sin miedo. El viajero no cree, pero ahora siente que algún podría hacerlo. Sólo por esa mirada, por la lluvia de pétalos, el olor a vela e incienso. Sólo esa música que le arranca el pasado más terrible, todos los sufrimientos, el sonido de las bambalinas, todos los que se encuentran a su lado y también son tocados por la gracia, retrocediendo casi trescientos años, a un mundo barroco que nunca morirá mientras exista Sevilla y su Semana de milagros, aquella en la que las figuras toman movimiento y tocan con sus miradas lo más profundo que tenemos.

Vicente Camarasa

Si queréis saber más de la Semana Santa de Sevilla os recomiendo:

http://www.caiman.de/semanaes.html

http://www.galeon.com/juliodominguez/sss1.htm

2 comentarios

Cris Xococrispip -

Después de leer esto no sé qué ddecir.Solo se me ocurre una cosa:ALUCINANTE!!
Mira q no soy creyente, pero algún día iré para sentir todo eso que ya nos contó en clase y nos repite por aquí,así que algún día nos veremos por allí.

Nuria -

Simplemente precioso. Dan ganas de ir para ver si se siente lo mismo, y eso que le tengo un poco de pánico a las aglomeraciones de gente...